| Pasión y Poder |
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| 17-10-2008 | |||||
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¿Son los hombres como los considera Voltaire en Zadig?: ¿“Insectos devorándose los unos a los otros sobre un pequeño átomo de barro”?, la vida no es en fin y de alguna manera sólo una farsa cruel, que no tiene ni siquiera el mérito de ser lógica, y tan locamente armada que las cosas más insignificantes terminan en el más terrible de los efectos, se pregunta una vez más Voltaire . Tienen los hombres por delante un largo desierto y el abismo de la destrucción al fin del desierto, se pregunta Federico II. Alicia Noemí Farinati. Universidad de Buenos Aires
Pasión democrática, pasión pública o pasión por el poder ?
“La misión una vez que la verdad del más allá se ha desvanecido, es establecer la verdad de aquí abajo” K. Marx
Introducción a la pasión: el Siglo XVIII
¿Son los hombres como los considera Voltaire en Zadig?: ¿“Insectos devorándose los unos a los otros sobre un pequeño átomo de barro”?, la vida no es en fin y de alguna manera sólo una farsa cruel, que no tiene ni siquiera el mérito de ser lógica, y tan locamente armada que las cosas más insignificantes terminan en el más terrible de los efectos, se pregunta una vez más Voltaire . Tienen los hombres por delante un largo desierto y el abismo de la destrucción al fin del desierto, se pregunta Federico II.
Sin embargo y junto al pesimismo, el siglo de la modernidad, el siglo XVIII da rienda suelta a los instintos, a la moral, y a las pasiones. Si en ese siglo las pasiones son un hecho natural, no sería sino un error pretender su supresión. Por el contrario, las pasiones son como la savia de las plantas, nos hacen vivir, son necesarias a la vida del alma, tanto como los apetitos son necesarios a la vida del cuerpo, negaríamos de alguna manera el hambre y la sed ? Las pasiones son útiles y para probarlo, [1] Hazard , p.165- se repetía una metáfora – bien platónica, ésta- que pasaba de libro en libro: de la misma manera que los pilotos temen las aguas tranquilas y llaman a los vientos para que empujen a sus barcos, aunque fuese necesario soportar tormentas, así mismo las pasiones nos animan, nos impulsan, aunque a veces nos sumerjan: pero tengamos cuidado, sin ellas no podremos navegar.
Las pasiones podrán ser gobernadas, la moral es el motor que la conduce, y será “el piloto, el compás y la carta” que permitirán al hombre seguir la ruta que la naturaleza le indica en pos de la felicidad. Puesto que sí, la pasión tiene una meta, la felicidad, que debe de ser rehabilitada, después de siglos de postergación, entendida como don del Ser supremo a sus criaturas.
La pasión, en tanto sensación nos indica lo que debemos buscar o rechazar, perseguir o huir, los bienes tras los cuales volamos o los males de los cuales nos apartamos, y su forma más viva, la voluptuosidad, es la forma de la reproducción de nuestra especie. Voltaire afirma “Soy un filósofo muy voluptuoso”, quizás sería conveniente preguntárselo a Mme. Du Chatelet, ¿voluptuosidad o celos?, ¿voluptuosidad y pasión o egoísmo?
Al mismo tiempo que la pasión, el S. XVIII comprende a la razón como la gran ley del mundo, sometida a la verdad, como fundamento de la moralidad, lo que nos lleva a una moral natural cuyas consecuencias son divergentes, por un lado la legitimidad del amor propio, que ofrece además la ventaja de estar al alcance de todo el mundo.”Esta fuerte afección que la pura naturaleza nos inspira para nosotros mismos, nos dicta deberes para nuestro cuerpo y nuestra alma” dice Toussaint en Les Moeurs, 1748, [2]- Hazard, p.166-, “El amor del bienestar es mayor que el de la existencia misma, o para decirlo como Mme. D’Epinay al abate Galiano “ La primera ley es la de ocuparse de uno mismo, no es cierto?” Carta del 29-9-1769-. El amor propio es más simple que el amor divino, un principio más general, dice Federico Guillermo. II.
¿Se trata pues de dejar libre curso al egoísmo desenfrenado?, de ninguna manera, la razón, como ya lo dijimos dirige el placer que resentimos al perseguir nuestro propio placer e interés, nuestra propia pasión, “distingue entre la calidad de los placeres, los jerarquiza y nos aconseja, en realidad es nuestro propio tirano”, a diferencia de lo que podría parecer.
“El vicio no es otra cosa que el exceso- tal como lo pensaban los griegos, el vicio no es sino la ubris, el exceso-, la mala aplicación de las pasiones, que son naturales e inocentes, útiles y necesarias. La virtud consiste en la moderación y el gobierno, el uso y aplicación de los apetitos, de los deseos, de las pasiones, de conformidad con las reglas de la razón, y en consecuencia en oposición a los impulsos ciegos”.[3]- Hazard, p.167, Bolingbroke, Letters on the Study and use of History, 1752, Lettre III. Y es aquí donde aparece el segundo punto que marca el límite al primero, la búsqueda de nuestro interés no debe avanzar sobre el interés de los otros, principio formal clave del orden liberal que será incorporado al constitucionalismo post revolucionario,- entendiendo con esto que “no hay felicidad individual fuera de la felicidad colectiva”.
La naturaleza inspira al hombre el amor por le placer y el miedo al dolor, y todo tiende a probarle al hombre los beneficios de la sociabilidad, nos dice el Baron d´ Holbach, en De la política natural, 1772, De la sociabilidad-, pero será d´Alembert que nos alerta sobre la necesidad mutua que los hombres tienen los unos de los otros, sobre sus deberes recíprocos, sobre todas esas cuestiones que parecen indicar que la moral tiene en nuestro corazón una solución siempre lista, que a veces las pasiones nos impiden seguir, pero que no son destruídas jamás….” [4]Elementos de Filosofía-.- La reciprocidad compone la relación, trabajando para el otro, lo hacemos para nosotros mismos. Increíble principio éste que veremos aparecer invicto en la Fenomenología, y en la Filosofía de la Historia hegelianas, transformada en la astucia de la razón, que reverdecerá una vez más en Marx.
Hasta aquí pareciera que no es mucha la diferencia entre política y moral, la virtud sería su principio y su fin, y la buena fe es el árbitro entre las relaciones individuales y el príncipe. “Ardor, candidez, inocencia, y magnífica ignorancia de las necesidades que se imponen al hombre de Estado”.[5]
La pasión pública en la historia: Hegel
Hegel en tanto culminación de la filosofía del S. XVIII y apertura de la del S. XIX,[6] algunos años más tarde Hegel dirá en la Fenomenología “…que los individuos creen y se imaginan sus acciones solamente para sí, en su propio provecho, de manera egoísta, pero siendo - la acción- mejor que lo que la propia individualidad cree, su operación es siendo en sí, al mismo tiempo una operación universal. Cuando actúa de manera egoísta simplemente no sabe lo que hace; y cuando asegura que todos los hombres actúan egoístamente, afirma entonces y solamente que todos los hombres no tienen ninguna conciencia de lo que es la operación”
La historia, donde van a inscribirse las acciones humanas, no es una larga e ininterrumpida serie de errores y de fracasos, sino una experiencia acumulativa, no es sino “la realización íntegra de una fuerza infinita, escondida en el fondo de un ser, que originalmente no es nada y que va a devenir todo”. “El hombre en tanto Logos encarnado está fijo, necesariamente en la serie de la progresión”. “Esta progresión no conlleva ninguna estación, ninguna parada, y no se satisface con el momento anterior”. Sólo hay que alabar “la paciencia de la historia”, pues si se mueve tan lentamente “es porque el Espíritu debe experimentar, exteriorizarse, y re-interiorizar- Er- innern- toda su riqueza, su sustancia en el mundo, trabajar con los materiales impropios que le ofrecen las pasiones y los intereses humanos para poder alcanzar, al fin su “verdad ”.
El hombre hegeliano, lo que llamamos el Logos encarnado se realiza en el tiempo, el tiempo es su “destino” y su “necesidad”. Es en ese mundo donde se hacen y deshacen las pasiones, las ilusiones, y los errores de los hombres, en un juego aparentemente superficial, de pasiones y aspiraciones accidentales, “solamente humanas”, es dice Hegel “la tragedia que lo Absoluto juega eternamente consigo mismo; se engendra eternamente en la objetividad, se libra bajo esta figura que es la propia a la pasión y a la muerte, y se levanta de sus cenizas a la majestad”.
La historia ese lugar de la “desrazón” como dice B.Bourgeois- “ese valle de osamentas”, donde vemos los fines “más grandes y más elevados deshechos y destruídos por las pasiones humanas”, y en la medida en que se nos aparece como “el campo de batalla- Schlachtbank, en realidad, el matadero- donde han sido sacrificados la felicidad de los pueblos, la sabiduría de los Estados y la virtud de los individuos, la cuestión que se plantea es cuales son los fines para los cuales esos inmensos sacrificios fueron llevados a cabo”. “La historia es trágica, dice el jóven Hegel, pero expresa la condición absoluta, de la misma manera que el héroe trágico no puede huir de su destino.”
Puede verse su versión pesimista de la historia como proceso absurdo – versión pesimista que según Ch. Bouton y J. D´Hondt, Hegel toma de Volnay en “ Las ruinas o Meditaciones sobre las revoluciones de los imperios, traducido en 1792 y que Hegel leyó en la revista Minerva- el destino del hombre es “la pobreza, las preocupaciones, la cólera, la indiferencia, el frenesí de las pasiones, la persecución enconada de fines unilaterales”, y sus motivos no pueden elevarse jamás a las premisas de la moral. La razón impersonal y abstracta desprecia a la pasión “como una cosa que no es buena , que es más o menos mala, el hombre – dicen, -en una crítica al moralismo kantiano- no debe de tener pasiones”, pero en realidad “la pasión y el interés son los únicos móviles eficaces y por ende los verdaderos vehículos del espíritu. Una abstracción tan vacía como el bien por amor al bien no existe en la realidad viviente, los hombres no actúan sino persiguiendo sus propios fines y sus intereses particulares. Y Hegel ensalza el momento “pasional” de la historia “En plena tormenta de pasión revolucionaria su entendimiento se manifestó contra la poderosa alianza de los numerosos partidarios de lo antiguo- del pasado- y…triunfaron en hacer nacer un órden ético nuevo”.
Contra una visión intelectual de la historia, en Hegel la pasión no expresa sino que “un sujeto tiene todo el interés vivo de su espíritu. De su talento, de su carácter, de su goce en un solo contenido. Nada de grande no se ha producido jamás sin pasión, nada de grande puede llevarse a cabo sin ella. No es sino una moralidad muerta, hipócrita la mas de las veces, la que desata su lucha contra las pasiones como tal, “ puesto que nada se realiza sin interés” y diríamos sin su interés apasionado.
La acción de los hombres y la acción de los héroes:
Esta especie de “santificación” como la llama K. Pappaioannou, de la acción, -suponiendo que existiese otra posibilidad, salvo para el caso de un estado Hamletiano –que es evidentemente una toma de posición de Hegel en contra de la concepción pesimista y fatalista de la historia- vía el interés y la pasión que incita a los individuos a salir de su muda interioridad, y de la muda interioridad de “maestro de escuela” moralizante que aborrece Hegel. Van a ser “los grandes hombres” los instrumentos que utilizará el espíritu para realizar través de la pasión algo más elevado y vasto. Son los héroes, los que toman el destino entre sus manos y lo efectivizan: “Es el espíritu escondido, dice Hegel, todavía subterráneo, que no ha llegado a su existencia, pero que golpea contra el mundo actual porque lo ve sólo como una cáscara que no conviene, que no cuadra con la semilla que lleva adentro”. “El gran hombre, inflamado de pasión y de lucidez sabe que su obra corresponde a su época, no hace sino expresar las tendencias más profundas de su época”, son lo grandes caracteres aquellos que, cada vez, han encontrado la solución apropiada”.
Esos héroes, que fascinaban a Hegel, los fundadores de estados o grandes estrategas, que se llaman Alejandro, César o Napoleón, pero también Antígona, encarnan en un momento dado la voluntad general que se impone al pueblo a pesar de éste ”. “Todos los estados han sido fundados por la fuerza de grandes hombres….el gran hombre tiene algo en sus rasgos que hace que los otros lo llamen su jefe, su amo, su conductor, y le obedecen contra su voluntad”, pero Hegel sabe que no pueden triunfar si no son seguidos por su pueblo, sólo con la condición de que se acuerden con el espíritu de los pueblos. Los héroes que lo olvidan, que olvidan la búsqueda de la libertad, y el avance de los pueblos en su descubrimiento no pueden ni convencer ni triunfar. Su rol es fundamental puesto que la voluntad general tiene necesidad de un instrumento humano para efectivizarse, como ya lo dijimos. Hegel se inspira – como surge del curso de 1827-28 consagrado al espíritu subjetivo- en Sófocles para articular su teoría de la pasión, y su figura señera no será Edipo sino Antígona, la jóven que se rebela contra el poder, aún a riesgo de su vida en nombre del culto a la familia, o más bien dicho contra la arbitrariedad del príncipe. El combate del pathos trágico no es jamás privado, es en el ágora , en la escena pública donde tiene lugar, puesto que va más allá de los intereses particulares, en una causa superior, todo como la pasión que muestra la heroína no hace sino poner en acto un principio universal interiorizado por ella. Es su acción la que realiza la historia, es el individuo apasionado el que puede volverla realidad. Ahora bien, esos héroes han comprendido los tiempos antes que los demás, y que en consecuencia han tomado el destino entre sus manos, han actuado solamente arrastrados por la pasión de dar a luz un nuevo estado, una nueva sociedad, “ es su interioridad inconsciente que los grandes hombres llevan a su conciencia”. Han hecho suya la voluntad general para no abandonar la historia a un destino ciego y de violencia, para transformarla en un destino de libertad, o en realidad lo han puesto en práctica como una nueva forma de poder ? Destino que no olvidemos no es la Ananke , lo ineluctable -de un destino- que deja fuera toda libertad, del cual no podemos escapar, sino que se mueve en un conjunto de urdimbres que le permiten al mismo tiempo un margen de libertad- bordar la con el huso que manejan los hombres para “hacer” la historia-.
Hablar hoy, a comienzos del S.XXI que la historia es racional pudiera parecer banal y fuera de época. Pero si analizamos la cuestión en su contexto histórico, en el final de la época de las Luces, decir que la historia es racional, significa decir que no obedece ni a la providencia, ni a la naturaleza, ni al destino ni al azar. Significa decir lo que Hegel dice, que no es sino la obra de la libertad en conquista de la libertad: “La historia universal es el progreso en la conciencia de la libertad, un progreso que debemos reconocer en su necesidad”. La posibilidad de su factura encontrará una formula consagratoria: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen en completo acuerdo, en circunstancias libremente elegidas, a éstas las encuentran por el contrario hechas, dadas y heredadas del pasado”, Marx, K. : El 18 Brumario de Louis Bonaparte.
La posibilidad de una factura de la historia en aras de la libertad, y de la igualdad, principios de la revolución del 89, pero que se manifiestan hoy en toda su amplitud, gravedad y necesidad, no hace sino poner de relieve lo fructífero del análisis de la historia hegeliana; si no existe a priori ninguna garantía supra-histórica será justamente la pasión del pueblo- das Volk- que en su conjunto efectivizará- Tatig- la libertad y la igualdad.
Pasión, siglo XXI y democracia
Edoxé to demo
Al analizar las conclusiones de los dos pasos previos, en los cuales la democracia no fue el motor determinante de las políticas de estado, será interesante reflexionar sobre la importancia de la pasión de los gobernantes en el gobierno de las democracias. Las principales características de las democracias nos permiten advertir un profundo cambio entre las políticas de los siglos precedentes, y las que son el resultado de la segunda parte del siglo XX. La jungla en las relaciones se ha trasladado ahora a la división entre estado y mercado. Nuevas formas de imperialismo que obedecen a un estado liberal voluntario de economía mundial, FMI, Banco Mundial, etc., junto a un imperialismo de vecinos. En todo caso, este nuevo estado ha surgido de la encrucijada que significa saber si la propiedad privada y el lucro son o no legítimos. La posibilidad de conflicto dentro de ellos mismos no viene tanto de la violencia y de la posibilidad de generar guerras, sino más bien del debilitamiento del estado mismo y por ende de la privatización de la violencia.
Una sociedad con un estado debilitado es sin lugar a dudas el blanco de las amenazas del mercado y de las tecnologías y una de las maneras de salvarlos de su propia destrucción es a través de las democracias. En sus diferentes formas históricas, como el gobierno de los mejores, el de los propietarios, desde forma de gobierno corrupta hasta hacer una democracia de mercado, el doble discurso sobre ella no es nuevo.
Sin embargo la democracia y las pasiones que ella suscita en el demos y en sus conductores, la “vida democrática” en fin ha desafiado[7] todos los aspectos de la actividad de los estados y desafiado todos los principios del buen gobierno, la autoridad de los poderes públicos, el saber de los expertos, y el saber hacer de los pragmáticos.
Cual será el remedio para ese exceso de pasión, de fiebre democrática en la vida pública? Hoy el mercado cumple con creces lo que ya sabía la antigüedad: el desvío de las pasiones y de las energías hacia la búsqueda del bienestar y de la felicidad personales, de las relaciones sociales y last but not least, la infinita búsqueda del lucro en una multiplicación de aspiraciones que verán rápidamente disminuir la vitalidad política y las pasiones por la cosa pública en aras de una bienhechora despreocupación por las instituciones, el demos y las igualdades.
De esta manera, con el fervor puesto allí donde debe de estar, la “ingobernabilidad” de la democracia se morigera, y sólo toca a los príncipes que nos gobiernan. El plus de vitalidad colectiva desaparece ente los pliegues de las tecnologías de punta, la vieja oposición entre la buena democracia liberal y de los derechos humanos y la mala democracia igualitaria también desaparecen, pues sin pasión democrática escasos serán los deseos de igualdad de lo derechos de los “sin derechos”.
La pasión democrática sin embargo permanece, allí, agazapada, entre los meandros y el fervor que suscita el mercado, de la tecnología, de las nuevas instituciones, entre los derechos ilusorios del ciudadano desprovistos de derechos.
Recordaremos un instante de pasión que relata Tito Livio acerca del episodio de la secesión o retiro de la plebe en el Aventino: el tema es el de saber si existe una escena, un lugar común donde puedan hablar patricios y plebeyos ambos imbuídos de la pasión pública. La posición de los patricios es simple, imposible hablar con los plebeyos, puesto que éstos no hablan, entendámonos, no hablan la lengua de los patricios… el lenguaje del poder. Y no la hablan porque no teniendo nombre, sin logos, no tienen el uso de la palabra, viven una vida natural con la única capacidad reproductiva- y la del trabajo, naturalmente, que los patricios no agregan al relato. Enviado Menenio Agripa para convencer a los plebeyos de la necesidad de retornar- o sea de ocuparse de sus trabajos- éste cree que logrará que salgan palabras de la boca de los plebeyos, pero solo obtiene a su entender ruidos y no las palabras esperadas, la posibilidad de un escenario común a patricios y plebeyos no puede darse. Enviado Menenio una vez más por el Senado, y habiendo obtenido el mismo resultado, vuelve sin embargo diciendo “creo haber oído hablar a los plebeyos”, y como dice Ranciere, -op.cit. p. 46- es víctima de una ilusión de los sentidos, puesto que no son seres humanos aquellos de los que no se tiene cuenta. Pero hete aquí que los plebeyos hacen lo impensable, en el acto de constituirse en aquellos que tienen las mismas propiedades que los amos, o sea la palabra. Devienen “hombres” que tendrán un destino colectivo. En el mismo momento en que los plebeyos comprenden el sentido de la desigualdad necesaria con los patricios- en tanto principio vital de la dominación- son “necesariamente iguales”, la política en tanto conflicto, contradicción y pasión, ya los envuelve, patricios y plebeyos en un mundo fáctico en el cual la famosa secesión pone en escena dos modos o dos formas de ser humanos, en libertad e igualdad o en servidumbre. La famosa secesión en el Aventino, se repitió en 1924, pero en cambio de aquella famosa relatada por Tito Livio sirvió para consolidar el poder fascista. El diputado Matteoti tiene el coraje de denunciar con un gran discurso ante la Cámara la corrupción y la violencia cometidas por los fascistas para lograr la victoria. Pocos días después el diputado Matteoti es asesinado por los sicarios de los camisas negras. Ante la ola de indignación que levanta el asesinato y el inmediato peligro del nuevo régimen, la oposición comete el error de “retirarse sobre el Aventino”. Los diputados de la oposición – con excepción de los comunistas- abandonan la Sala el 14 de junio , antes de que fuese encontrado el cuerpo del diputado socialista y se reúnen en una sala de Montecitorio, para constituirse en el único parlamento legítimo, visto que en el parlamento oficial era imposible ejercer las funciones libres de los electos por el pueblo.
El orden del día votado que da origen a la así llamada “ Secesión del Aventino”, en recuerdo del famoso episodio que acabamos de comentar, cuando los representantes de la plebe actúan en una clamorosa protesta reunidos en el Aventino. Los grupos de oposición, reunidos en Montecitorio se ponen de acuerdo en encontrar imposible su participación a los trabajos de la Cámara, mientas la más grave incertidumbre reina en torno al siniestro episodio Matteoti. En este punto es la monarquía, el rey Vittorio Emanuele II di Savoia, cuya neta complicidad con el mantenimiento del fascismo encamina el país a los desbordes dictatoriales a las llamadas leyes fascistissime –el 3 de enero de 1925- que cancelaban el ultimo resquicio de libertad y conducen a la lucha clandestina, la conspiración y en última instancia a la segunda guerra mundial. Las persecuciones, la pena de muerte, la policía secreta, con atribuciones legales, y todo mecanismo legal del estado, los fundamentos en fin de la libertad política y de la soberanía popular son subvertidos. Al mismo tiempo el “Duce” ocupa el vértice de la pirámide del poder, que simboliza el ordenamiento jerárquico del régimen, sustraído a cualquier control o sanción. El país deviene totalitario ocupado por un partido único.
La segunda secesión en el Aventino no permite, como la primera, el triunfo de la pasión por la libertad y la igualdad, sino el triunfo de la brutal pasión por el poder. El círculo se cerrará en los aciagos días del ’44, con la caída sangrienta de un poder irracional, que abrirá, sin embargo el camino difícil, pero ineludible de la aparición del pueblo, una vez más, en su afanada búsqueda de ser necesariamente iguales, y de constituir la parte absoluta de los sin parte.
me Bibliografía
Hegel, G.F.W. : Phenomenologie des Geistes, Meiner Verlag, Berlin et traduccción de J. Hyppolite, Aubier, Paris. Die Vernunft der Geschichte, Meiner Verlag, Berlin et traduccion de K.Pappaioannou, 10-18, Paris. Lecons sur la Philosophie de l’Histoire, Vrin, Paris, 1967, trad. Gibelin.
Bouton, Ch., Hegel et l´Antinomie dans l´Histoire, in Lectures de Hegel, Ed. de poche, Paris, 2000 D’Hondt, J., Hegel Secret, PUF, Paris Hazard, P. : La pensée européenne au XVIII siècle, Fayard, Paris, 1963. Hyppolite J. Introduction a la Philosophie de l’Histoire de Hegel, Ed. M. Riviere, Paris, 1968 Marx, K. El 18 Brumario de L. Bonaparte, Ed. Sociales Papaioannou, K.: comentario a La razón en la historia, trad. francesa, 10-18 Ranciere, J., La Mésentente, Galilée, Paris. Roselli, Carlo. Sul delitto Matteotti e sull'Aventino (quaderni di Giustizia e Libertà, 8 giugno 1934) Voltaire, Zadig Weil, E. Hegel et l´État, Vrin, Paris, 1950 [1] Hazard, P. La pensée européenne au XVIII siecle, Fayard, Paris, 1963 [2] Hazard, op.cit. p.166 [3] Hazard,P. op.cit. p. 167 [4] Hazard,P. op.cit. p.168 [5] Hazard, op.cit. p.175. [6] Hyppolite, J. Introduction a la Philosophie de l’Histoire de Hegel, M.Riviere, Paris, 1968, p. 41. [7] Ranciere, La Mesentente. p. 14
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