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Monday, 28 September 2009

LA IGUALDAD EN LA DEMOCRACIA DE TOCQUEVILLE

 

COLOQUIO TOCQUEVILLE

 

BIBLIOTECA NACIONAL

BUENOS AIRES

8 de julio de 2005-06-30

 

Introducción y rondó histórico

 

Si el nacionalismo fué en el siglo XIX una de las fuerzas históricas reconocidas por los gobiernos, la democracia, o sea la progresiva función e intervención del individuo común fué la otra.

Los gobiernos entendieron que las masas contaban ya en política. Eran numerosas, ignorantes, peligrosas y amorfas, pero tanto más cuanto que a causa de su ignorante tendencia a creer a lo que le muestran sus ojos y en la simple lógica si éstos le decían que los gobiernos prestaban poca atención a su mísera condición, la segunda le indicaba que el gobierno debía otorgar atención a sus reclamos.

El liberalismo, ideología fundante del mundo burgués del siglo XIX, necesitaba bases teóricas frente al surgimiento progresivo de las “masas” tal como lo habían mostrado las olas revolucionarias de 1830 y de 1848.

En los Estados Unidos, la democracia “Jacksoniana” fué un paso más allá: la “democracia” ilimitada, llegó al poder por los votos de los colonizadores, los pequeños granjeros y los pobres de las ciudades.

La portentosa innovación que los pensadores del liberalismo moderado comprendieron que tarde o temprano tendrían que ceder y estudiaron entonces al fenómeno de cerca.

Alexis de Tocqueville dedicó su aguda y notable inteligencia al análisis de las tendencias de la democracia en América y como dice Eric Hobsbawn “sobrevivió” como el mejor de los críticos liberales moderados de la democracia de ese periodo y podríamos decir particularmente afín a los liberales moderados del mundo occidental de 1945.[1]

Si bien observadores del talento de Hegel, consideraban a los Estados Unidos el país del “porvenir”[2], Tocqueville en el mismo año (1830) predijo  que la extensión y los recursos de América y de Rusia, harían de ellos gigantes gemelos.

Era inevitable que las monarquías absolutas decayesen allí donde una fuerte burguesía surgía. Era inevitable la aparición de la conciencia política y de la actividad política de las masas (como legado de la Revolución Francesa) y tambien dada la notable aceleración del cambio social, surgiò a partir de 1830, la conciencia de una inminente transformación.

 

Libertad e igualdad: planteo Tocquevilliano

Si el establecimiento de la libertad es rápido y practicamente casi resuelto con la adopción de la declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano,  del 26 de Agosto de 1789, no sucede lo mismo con la igualdad, a pesar de la abolición de los privilegios –cuyo sentido civil o político, social o cultural- no es percibido de la misma manera. Y será Alexis de Tocqueville conocido por su compromiso vehemente en favor de la libertad y en defensa de la democracia, que va a encontrar en América el objeto central de su reflexión: la igualdad y la pasión por la igualdad, van a determinar desde el inicio su análisis de la sociedad Americana:

“Es universal, es durable y escapa cada día al poder humano, los hombres de su tiempo deben reconocer el desarrollo gradual y progresivo de la igualdad, a la vez pasado y porvenir de su historia” –la Democracia en América, tomo I, vol. I, pág. 1-.

“La igualdad de condiciones” es desde la introducción a La Democracia en América el  hecho generador... y punto central donde concluyen todas sus observaciones y “ella ejerce una influencia prodigiosa en tanto que primer hecho sobre la marcha de la sociedad” sobre el espíritu público, las leyes, el gobierno y la sociedad civil.

Pero para Tocqueville la igualdad no es sólo un estado sino también un proceso –la igualdad creciente de las condiciones-.

Puesto que las condiciones sociales, son hoy –dice Tocqueville- más igualitarias que no han sido jamás, le seguirá la reflexión acerca de  cómo la igualdad ha sido conquistada: a. a través de una revolución- en el caso de Francia-  y luego observa a la democracia Americana, como aquella que conoce sus límites, y esto es claro porque los Americanos han nacido en una Democracia e iguales, en vez de devenir tales.

Lo que es en Francia un momento convulsivo, aparece en América como un “conjuto armonioso” de costumbres e instituciones. El origen de la Nación coincide con el de la Democracia, por ende América presenta el espectáculo de la Democracia 0en estado puro. América es el único país donde se puede asistir al desarrollo natural y tranquilo de una sociedad... y muestra lo que la ignorancia o la barbarie de los primeros tiempos no ha ocultado”.

Pero aunque la igualdad es presentada desde el inicio como un hecho “providencial” Tocqueville observa que, en América, la igualdad de condiciones va de par con numerosas desigualdades: y a pesar de que las distinciones hereditarias han sido destruidas en América hay –como en todas partes agrega Tocqueville- ricos.

“No conozco un país en el cual el amor por el dinero tenga un lugar tan grande en el corazón del hombre y donde se profese un desprecio más profundo por la teoría de la igualdad permanente de los bienes”.

La igualdad de condiciones no le permite a Tocqueville deducir entonces una igualdad sobre todos los aspectos. Tocqueville nota que la democracia en América y en Europa está signada por oposiciones: por un lado la democracia salvaje y por el otro la apacible, la del Estado social y la del mundo político, la del instinto y la de la ciencia, la del pueblo y la de los dirigentes. Estos signos de indeterminación, no hacen sino poner de relieve un pensamiento que plantea a la democracia como el enigma que debera ser resuelto.

Sabemos lo que no pueden ser las instituciones democraticas: Aristocráticas, pero queda librada a la prudencia de los pueblos lo que pueden ser: despóticas o libres.

Negar el principio aristocrático es afirmar lo que Tocqueville llama el “dogma de la soberanía del pueblo:

”. En los Estados Unidos, el dogma de la soberanía del pueblo no es una doctrina aislada que no incumba ni a los habitantes ni al conjunto de las ideas dominantes, se puede por el contrario pensar como el último anillo de una cadena de opiniones que envuelve al mundo angloamericano entero. La providencia a dado a cada individuo cualquiera que este sea, el grado de razón necesaria para que puede dirigirse a sí mismo en las cosas que le interesan exclusivamente. Tal es la gran máxima sobre la cual reposa en los Estados Unidos la sociedad civil y política: el padre de familia la aplica en sus hijos, el amo en sus sirvientes, la comuna en sus administrados, las provincias en las comunas, el Estado a las provincias, la unión a los Estados. Extendida al conjunto de la Nación ella deviene el dogma de la soberania del pueblo, así en los Estados Unidos el principio generador de la repùblica, es el mismo que rige la mayor parte de las acciones humanas”

La democracia es un estado social pero es tambien ese dogma. Ningùn ciudadano debe obedecer a otro que a ésl mismo o a su representante, y esto es la soberanìa.

 El estado social define el momento negativo de la democracia, la soberanìa dle pueblo el momento positivo.

Tal análisis implica que la distinciòn entre sociedad civil y polìtica no es fundamental, puesto que no se distinguen la una de la otra sino para llevar a cabo un proyecto idéntico: la mayor parte de las acciones humanas”.

La democracia a punta a lo que Tocqueville llama la “ influencia” que lleva a los individuos a vivir en sociedad  por la acción que ejercen los unos sobre los otros. Cuanto más viva y diversa es esta influencia, tanto más civilizada es la sociedad y tanto más los individuos desarrollarán sus facultades.

Ahora bien, en tanto la democracia se construye con individuos iguales- que no se mandan los unos a los otros, ni se influencian- pues toda influencia tiende a devenir mandato, orden-, ella separa a los hombres, sin lazos comunes, tiende a “disolver a la sociedad” y a convertir a los individuos en entidades separadas.

El individualismo se satisface a sí mismo, no le queda sino couparse de su propio placer, de su propio gozo.

La aparición de la palabra” individualismo” es remarcada por Tocqueville en tanto doctrina que ve con agrado la liberaciòn del individuo en relaciòn a tutelas pasadas, y agreaga  aún con el riesgo de liberarse de lazos sociales y de valores comunes y va más allá, puesto que el sacrificio es tanto más fácil cuanto que el  individuo que busca su florecimiento es autosuficiente.

La acciòn del hombre democrático, es el individualismo, distinto del egoísmo, un sentimiento reflexivo y apacible que predispone a cada ciudadano para aíslarse de la masa de sus semejantes y retirarse con su familia y sus amigos”. II, p. 105. Pero de este repliegue surgirá la incertidumbre y la inquietud en el hombre democràtico. Cuando reivindica como suya la opiniòn de la mayorìa, el la entiende como una opiniòn personal. Tiene opiniones, pero no tiene fuertes convicciones; en la duda, no puede apoyarse ni sobre la tradiciòn ni sobre la razòn de los hombres superiores, ni osa apoyarse sobre su propia razòn.

Ahora “ en la duda de las opiniones los hombres terminan por atarse a los instintos y a los interese materiales, que son más visibles, y más permanentes por su naturaleza que las opiniones” I, p. 93. La pasiòn del bienestar material no es la propia del ciudadano de la democracia, pero con una nueva forma se extiende a toda la sociedad. “Es un individuo sin brújula, sin amarras y los bienes materiales son su única amarra sólida a la cual pueda sujetarse, mientras que el cambio perpetuo de las condiciones, aviva el deseo de adquirir y el temor de la pérdida. La pasiòn de los bienes materiales es tenaz, exclusiva destinada a la satisfaccion de necesidades múltiples y  mediocres, “ una suerte de materialismo honesto que no corromperìa los espìritus pero los ablanda y termina por distenderlos sin ningùn ruido”. II 139

El hombre de los siglos democráticos no obedece sino con extrema repugnancia a su vecino que es su igual, pero “ le gusta hacerle sentir a cada instante la dependencia común en la que están: obedecer al mismo amo”, pero Tocqueville agrega enseguida: .” Los pueblos democráticos odian a menudo a los depositarios del poder central, pero aman el poder mismo”

Nada queda, nota Claude Lefort de la declaraciòn del Cap. 1: “ Los hombres que viven en estos tiempos marchan por una vertiente natural que los dirige hacia instituciones libres”. Pero  esa vertiente aparece como una caìda en la férula del poder, una vía imprevista se abre , y Tocqueville enuncia una tesis fundamental : “ La independencia individual y las libertades locales serán siempre un producto del arte”.

En la medida en la cual los homrbes viven separados los unos de los otros, cada uno en su mundo privado, indiferente a sus conciudadanos, y puesto que al mismo tiempo viven en una sociedad, sera necesario que se hagan cargo de los intereses comunes.

Y entonces o bien hay un Estado que tradicionalmente se ocupa de los asuntos comunes- y los ciudadanos le coceden esta responsabilidad siempre que preserve el orden civil- como condiciòn de sus goces provados-. Pero devenidos iguales, los ciudadanos dejan la gestiòn de los asuntos comunes a la administraciòn central en total docilidad.

O bien, no existiendo más Estado central, los individuos iguale sl deben ocuparse ellos mismos de los asuntos, salir de la órbita privada y con este fin: como sólo las instituciones libres pueden hacer trabajar en conjunto a los iguales serán éstos los que hagan funcionar a las instituciones libres.

Esto es lo que, nos dice Tocqueville ha ocurrido en América: los pueblos han debido aprender el arte tan caro a los pueblos democrátcos: el arte de la asociaciòn.

La nueva libertad y las instituciones que de ella surgen implica necesariamente un nuevo estado social cuyo fundamento es la igualdad, pero se les escapa que este nuevo estado dispone poco a los hombres para la libertad y los incita a contentarse con una libertad formal- cuyo marco legal es el contrato- .

Pero esta ausencia de relaciones y la igualdad de condiciones lo lleva a través del “ dogma de la soberanía del pueblo” a considerarse como soberano de si mismo y lo conduce tambien a creer que él es tan buen como cualquier otro- aquí gracias a la ley- y se prueba tambien dándole parte igual a la de cualquiera en el gobierno del Estado.

Ahora bien, lo que le dice la ley, y le murmura su corazòn, la sociedad no cesa de negarlo: algunos son más ricos, y más poderosos que él mismo.

Y esta contradicción alentará en una pasiòn insaciable, la de la igualdad. Volviendo insoportables las desigualdades que subsisten, el hombre es atormentado por la envidia a causa de una pasiòn perpetuamente insatisfecha.

Tocqueville agrega: “ En vano la riqueza y la pobreza, el mando y la obediencia ponen accidentalmente grandes distancias entre los hombres”. Las diferencias parecen entonces accidentales y para reducirlas Tocqueville ejemplifica con la actitud del comenrciante americano- estoy en vistas de hablar del kramergeist de Marx, si esto no fuera una herejía- que ve en su concurrente a su igual. Como ya lo decìa Montesquieu “ El comercio es la profesiòn de los iguales”

Pero si bien el comerciante americano distingue entre el mismo y el otro,  reconoce la objetividad de las reglas del mercado y las accepta, accepta la desigualdad “ accidental” ciertamente, o bien es la segunda actitud abierta al homo democraticus que se esfuerza por llevar al concurrente a su propio nivel para reducir la desigualdad, o impidiéndole al que tiene chances de ser más feliz y por ende de distinguirse de él mismo. Pero, aunque los dos comportamientos  son conformes al estado social democrático, será el segundo el que tenga mayores chances de ser aceptado. La aceptaciòn de la conurrencia consiste en aceptar simultaneamente la desigualdad., aunque dice Rocqueville:

“ ...cuando la desigualdad es la ley comúnde la socidad, las más fuertes desigualdades no se ven, cuando todo es más o menos del mismo nivel, las mínimas desigualdades, hieren. Es por esto que el deseo de igualdad es más grande”.

Cómo conciliar pues, o más bien qué hacer del individuo atomizado al que llo conduce la libertad junto con esta pasiòn por la igualdad ?

Si los lazos sociales se distienden, si el individuo tiende a dejar en brazos del Estado los asuntos públicos, lo que acecha a la democracia, y a la igualdad es el despotismo que favorece a su vez la individualidad.

Este despotismo que ilustra y teme Tocqueville es de un nuevo cuño: “ Los vicios que el despotismo hace nacer son precisamente aquellos que favorece la igualdad... la igualdad coloca a los hombres uno al lado del otro, sin lazos que los retengan. El despotismo eleva barreras y los separa. Los dispone a  no pensar en sus semejantes y hace una suerte de virtud pública de la indiferencia. El despotismo que es peligroso siempre, es particularmente temido en tiempos de democracia”.

 Las ideas de un pueblo democrático están naturalmente dirigidas o favorecen la concentraciòn. La puesta en marcha de cuerpos intermedios, dice Tocqueville , es ajena al espñiritu democrático. En los tiempos de igualdad se concibe la idea de un poder único y de una legislaciòn uniforme. La noción de semejante modela la representaciòn. Por un lado los individuos indeferenciados “ la vasta y magnífica imagen del pueblo mismo” de una sociedad que no ve sus límites y donde el individuo deja el campo libre al Estado, y al mismo tiempo apela a él en su debilidad, cuando tiene necesidad de socorro. Es que la pasiòn igualitaria no puede sufrir la superioridad individual, pero se satisface con la dependencia a un amo común.

El despotismo amenaza así a las sociedades democráticas, pero ya no es un despotismo a la antigua, violento y restringido, sino uno extendido y suave que degrada a los individuos sin atormentarlos, uin despotismo tutelar que Tocqueville describe así:

II, p 234 “ veo una masa inmensa de hombres iguales que dan vuelta sin cesar sobre ellos mismo en procura de placeres vulgares para llenar su espíritu...cada uno esta separado, ajeno al destino de los otros, y  por encima se eleva un poder inmenso y tutelar que se encarga de asegurar sus goces y de velar por su suerte. Es absoluto, detallado, regular, providente, y suave.. Quiere que los hombres se diviertan, siempre y cuando no hagan sino esto, provee a su seguridad, facilita sus placeres, prevee y asegura sus necesidades, dirige su industria,legifera sobre sus sucesiones...”

Hablar de depotismo suave- p.m.239- es quizás una idea inexacta, pues se vivirá bajo el despotismo de la suavidad. Al respecto ya hablaba Montesquieu: “Los conocimientos vuelven suaves a los hombres...”

Pero con Tocqueville el liberalismo  no descansa, se basa sobre el desrrollo necesario y armonioso de la igualdad y de la libertad, sino que se agudiza en la lucha por el gusto por la libertad, no contra la igualdad, ciertamente, sino-  contra la pasiòn de la igualdad, lucha con final , desigual puesto que como ya lo hemos dicho la libertad pertenece al arte de la democracia, mientras que la igualdad pertenece a su naturaleza.incierta

La distinciòn entre la naturaleza y el arte de la democracia se traduce en la distinciòn entre democracia como estado social y como instituciòn polìtica libre. En el esquema liberal, el estado de naturaleza igualitario y sin poder , es el motivo y la condiciòn de la construcciòn artificial del gobierno representativo, que será superado por su “ soberanía”. Y el dogma de la soberanía del pueblo exige que todo hombre no obedezca sino a si mismo o a su representante. Condiciòn legítima si el individuo es absolutamente independiente.

El vaivén permanente en que se debate la democracia tocquevillena revela que lo que el liberalismo considera como la hipotesis, el punto de partida, lo dado, o el presupuesto del orden polìtico legítimo debe de ser buscado, construìdo o creado. El estado de naturaleza del hombre no es su punto de partida, el comienzo de la historia polìtica, sino más bien su horizonte. El proyecto liberal que quiere fundarse en la igualdad “ natural” abre una historia: la historia de los esfuerzos, del trabajo, de los progresos, de las luchas de los hobres para establecer artificialmente, gracias a una soberanía que no está en la naturaleza,” la igualdad “natural”  a partir de la cual podrá fundarse la “ igualdad racional·, consciente, el orden polìtico legítimo”

Tocqueville no devela – y ese es justamente el enigma- sin embargo el resorte de ese movimiento histórico que describe: su proyecto democrático no ha cesado de estar tejido de contestaciones, y tensiones siempre crecientes: tensiones entre la vida de las instituciones y los sentimientos de la sociedad, entre las libertades y las potencias colectivas en fin entre la objetividad real de la vida y la potencia de la consciencia en la conformaciòn de la misma.

. Cómo el hombre se crea, como se deviene, existe un fiat creador que crea la naturaleza a traves de la reflexiòn? Lo que queda tocquevilliano son las ideas y las pasiones que hacen andar los asuntos humanos “Es siempre en el fondo del espìritu que se encuentra la marca de los hechos que van a producirse afuera” dice Tocqueville.

Heredamos la idea y la pasiòn por un proyecto democrático de las luchas del S.XIX pero tambien el nacionalismo y la xenofobia, las tensiones por las desigualdades  materiales exacerbadas. El hombre – o mejor dicho ciertos regímenes- como un aprendiz de brujo pone en peligro su propia supervivencia destruyendo los recursos naturales que los llevan a la acción Las nuevas formas de informaciòn y de comunicaciòn- política- no facilitan ciertamente la interacciòn humana. Y la libertad es por cierto ilusoria cuando las conductas obedecen a las mismas modas y buscan conformarse en las mismas imágenes.

Las críticas a la democracia individualista y técnica no son nuevas, pero parafraseando a Rousseau el remedio puede venir del mal mismo, el pacto en nombre del cual el diablo reclama lo que le es debidono existe, los valores no son automáticos, la ley legaliza pero no efectiviza ni la libertad ni la igualdad, los actores de su legalizaciòn y de su efectivizaciòn están en todas partes, lejos de ser el infierno, el otro, los otros bien pueden representar la chance de la salida.

 

          ALICIA NOEMI FARINATI  

          FACULTAD DE DERECHO   INSTITUTO A.L.GIOJA. UBA



[1]                 Hobswaun, Eric “Las revoluciones burguesas”, pág. 427.

[2]               Hegel, “Filosofía de la Historia”, pág. 71.

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